26 de julio de 2013

¿Me intoxico, ó me asfixio?

Escribir, es materializar las lagañas de la cabeza procedentes de amaneceres tras amaneceres, sonámbulos de noches con ojos abiertos y telarañas en las sábanas; escribir es beberse una represa de palabrería cruda, ultrajante y sin azúcar, es intoxicarse y disiparse lentamente entre limites inexistentes, que aunque inservibles, totalmente revocables.

Escritores van muriendo, se van arrastrando al abandono, evaporados e intoxicados ténuemente, dejando apenas vestigios de poesías agridulces, de prosas y noches cercanas al techo, de insomnios deletreados y almohadas sudadas.

Y es qué, no hay nada más artístico que hacer con la mierda de la cabeza, una prosa que inmovilice, un poema que les desbarate los ánimos y les reconstruya la sonrisa, o un escrito que les recuerde el sufrimiento pasado y entonces, le adulen y le proclamen el conversor de mierda en letras, más conmovedor de entre-páginas.

Escribir es lucir en pijamas o en traje de gala los vestigios de felicidad, sonrisa, amargor, acidez, sin sabor o dulce estremecedor; es emparentarse con las infinitas caras de la soledad en una ceremonia intemporal, como impersonales son los invitados por eso, los bares están llenos de poetas, de poetas solos, borrachos, defalcados, envenenados de alcohol, letras enfermas de nicotina y una salud que más allá de la vía pulmonar, aún brilla porque escribir es olvidarse del físico pero no del químico, es intoxicarse, es desaparecer de dolencias menos importantes: esto... esto es un cáncer metafórico y bien redactado.

Y cuando a alguien se le hincha a estallar ese forúnculo literario que se lleva como virus pasivo e inextinguible, entonces, puede verse cómo comienza a sentirse que toda en la vida se recicla: plástico, vidrio, papel, cartón y sobre todo la materia fecal que se piensa, sin embargo, no les desalentamos sino les damos la bienvenida a la raza de los acusados (por lo menos se intoxicó y no se asfixió).








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