18 de febrero de 2013

NO.

Es indescriptible la sensación punzante del hermetismo del ego y saber que aún en medio de su incongruente presencia existen fuerzas que se creen capaces de sobrepasar esa barrera tan ácida y amarga o sin sabor, quién sabe, es una cosa tan inútil que cuando existe sólo podría traducirse a un pisotón o al paupérrimo témpano de hielo capaz de congelar hasta la sonrisa más indeleble.

Ya no escribo, me he perdido.

Estoy juntando mis pedazos y todavía no entiendo cómo es que ese puto viento ha de botarlos siempre tan lejos. Me he muerto un par de veces, no se tú, no se ella, no se él, no se nadie pero he de redimirme, si, redimirme. Pareciese que la humildad es un conjuro para con los pendejos, un conjuro en aleación con la sinceridad, es… casi tan ambigua como el Ego irreverente que en estado puro es un terror inacabable, si, el terror tras la máscara de un respeto inexistente… de un pavor que busca respeto pero no obtiene ni el esplendor ni es dueño de su presente.


Existen días donde no despierto y noches donde no duermo naufragando entre la confusión y descifrando la batalla entre esa combinación tan extenuante de sinceridad con humildad versus el ego, el mejor amigo del hombre, que no es el perro, eso ya lo sabemos; entonces me pierdo, no lo siento, no encuentro vestigios de su paradero, no tengo solución contra esa ecuación tan irreverente… tan asquerosamente sólida e irrevocable.

Es como si pasaran años de ensayo y error, como si la luz que va al final del túnel no fuese más que la linterna de otro perdido, de otro naufrago a la orilla de la nada.

Existen pasos que no dejan huellas, que se aspiran toda la tierra para no dejar ni un poco de ellas, como si la historia les pesara en los párpados, como si no les dejara ver, como si sus historias fuesen una maraña que no mereciera ser respetadas.


Hay noches que estancan los párpados, noches donde no podrían encontrarnos en los ojos, donde la mirada a intervalos paulatinos advierte la perdida de la esperanza, el desgaste de la tolerancia, el presagio del sin sabor y el vestigio de lágrimas congeladas.


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