19 de diciembre de 2012


Cómo ha cambiado el tiempo -decía un recóndito tercio de mi corteza cerebral a destiempos-, ha cambiado su traje mutilante pero ha olvidado desechar sus agujas desincronizadas, esas que pierden, que atrapan y ultrajan, que apresuran la vida, que asumen con extensa propiedad que este preciso momendo debe acabar.

Cómo ha ido pasando el pasado, apenas lo recordaba a mi lado y recuerdo también, como por la esquinita del ojo le huían mis pupilas.

¿Cómo es que ha pasado ese pasado que iba desenfrenado obstruyendo cada herida cicatrizada? recuerdo su pesar como vinagre en la herida, como un golpe profundo en el pecho -directo al esternón-, como queriendo partirme el corazón, como queriendo apresar todo lo que mi boca sedienta pretendía parafrasear.

Tiempo, es la prisión infalible y el responsable de esos viajes estelares de donde has de aterrizar -quizás- con un ala mutilada. Tiempo es el inevitable trago amargo de quién vive preso en sus límites consecuentes, de quien entrega su memoria a la inconsciencia de tenerle siempre tan presente.Es un mercenario que hace de cada cuál un pobre vicario, adormecido al ritmo de su inamovible ticktack, adormecidos con su aliento a futuro...Si, el futuro, ese conjuro prematuro!

Intento recordar más, pero he de escapar de ese cárcel, he de salir flotando con la energía de mis pupilas clavadas en la brisa desenfrenada que sopla a veces tan fuerte y otras veces, sin aliento, como si en su garganta hubiese un pedazo de palabra atravesada.

Así me voy de tí, recuerdo, para no mirarte tan ausente contemplándote en mi presente, despilfarrándome gota a gota en ese conspícuo abismo del recuerdo imparable.
-Cambiando olvidos por memorias, coleccionando memorias en lo más puro de mi olvido-




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