30 de julio de 2012

un Ensayo prematuro.

Me gusta cuando la incongruencia se viste de gala, como el deseo de escapar dentro de la conspicua sobriedad. El pretender ser sin saber todo lo que somos, lo que hemos perdido, lo que hemos besado y acabado. Me apasionan los rotos, los acogidos por el silencio, los mutilados por la ebriedad, los enamorados de la soledad y sus altibajos de amante perfecta, de esas frívolas que prefieren morir antes huir. Me gustan los guerreros con el ceño fruncido, con los labios secos e impávidos, con las pupilas enfocadas en el viento que les arrastra las avaricias. Me gustan remendados y cosidos sin anestesia, como con sus cabos bien atados a las patas de sus camas en llamas. No soporto al sobrio espasmódico, al que se revuelca entre su aburrimiento de querer ser auténtico, me gustan difusos, sueltos en el limbo de la curiosidad perpetua con una seña ambiguedad perfecta entre la locura y la sobriedad. Me gustan los apresados por la verdad, los condenados a la raza de los acusados, los que esconden su película detrás de sus ojos quebrados, esos tipos rotos que saborean el ácido de sus palabras antes de soltarlas a la interpérie de un mundo el que todos los demás apéndices parecen como repetidos en serie.

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