14 de mayo de 2012

Punto y Etc.


Cuando se va la musa, llega el invierno perpetuo,
el invierno inextinguible y seco cuál hoja de otoño pisada, 
extraviada, volada sin rumbo
entre inmundicias de mundos como en el que los susurros viajan más rápido que las palabras, 
corriendo por calles, mordiendo suelas,
comiendo tierra, residuos de arduos días, 
de batallas perdidas, 
de lágrimas recicladas por el papel que reza, 
que grita, 
que recita, 
que muere y vive, 
una y otra vez,
como el carácter recidivante de tus rayas en mis pupilas, 
como las rayas de mi sonrisa dislocada
tatuada por la pertinencia concisa de las dementes que somos ya, 
bastante precisas,
esportilladas por el viento, 
desteñidas por el polvo, 
decoloradas por las falsas patrañas y por el vestigio de que más tarde, 
la musa ausente, 
caminando entre silbidos mudos que deletrean tanta de esta mierda.






Como cuando olvido venir,
casi olvido vivir,

olvido reir imparable,
como de costumbre,
como si la risa quemara,
como si la magia ardiera,
como si riese al mismo tiempo que muriese,
al mismo tiempo que entre destiempos me pierdo,
me consigo,
como si no quisiera parar este presagio de mirar después de caminar,
después de tropezar,
después de ser hoja seca aludida en el invierno ya tan perpetuo.

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